Joaquín Sabina llora lágrimas como melones cada vez que habla de México y en particular, del Presidente Lázaro Cárdenas y el exilio español. Nunca ha conseguido impedir emocionarse cuando viaja a México y no sólo ve, sino sobre todo siente la huella que dejaron españoles como Luis Buñuel, Pedro Garfias, Manuel Altolaguirre, Max Aub y muchos otros.
Dice Joaquín Sabina que le da pena no haber podido tener maestros como ellos.
Joaquín Sabina es una de las 21 personalidades que imaginaron este homenaje al general Cárdenas y el exilio español. Gracias México..., le llamaron. Otros de los responsables de este cercar al olvido son los también cantantes Víctor Manuel, Miguel Ríos y Rosa León, presidenta del Comité organizador, sus manos y su sonrisa. Almudena Grandes, también organizadora, piensa que España tiene sed de reflexionar sobre la verdad histórica. Fueron demasiados los años en que se ha intentado alejarla, aislarla, darla por muerta.
Hay todavía una ventana de cristal que no deja correr al viento. A pesar de que en los últimos años se han publicado no pocas novelas sobre la guerra civil, a pesar de que se han rodado películas, se han pronunciado una que otra conferencia, todavía la ausencia domina. La ausencia física de los que se exiliaron y la de palabras de quienes se quedaron. Lo que sucedió antes y después de la guerra civil es aún la ausencia al descubierto.
El general Lázaro Cárdenas salvó de una muerte segura a unos 20 mil españoles. Y todavía nadie le da las gracias. Eso piensa Miguel Ríos que no llora lágrimas como melones, ni se quita el sombrero, pero que parece salir de su cuerpo cuando habla de México y colocarse, como un fruto, a pleno cielo abierto. —No hemos tenido oportunidad de agradecer—, cuenta en tono triste Miguel Ríos. Dice que es una deuda pendiente. Con México y con la memoria.
Una semana completa para el desagravio, pero también para el afecto y la ternura.
Cuando esto se publique, la inauguración del homenaje habrá tenido como telón de fondo un eclipse anular. El sol, 400 veces mayor que la luna, habrá sido cubierto por ella. Apenas un diminuto anillo de luz asomará alrededor del disco lunar. Y todos en Madrid habremos presenciado esa danza astronómica que no volverá a celebrarse hasta dentro de 23 años.
De vuelta el sol, el exilio académico recibirá las gracias. El rector de la Universidad Complutense de Madrid entregará tres medallas. Una a la UNAM, otra a El Colegio de México y la tercera al Instituto Politécnico Nacional. Por haberles abierto las puertas a los españoles. Por haberles permitido crear.
Rosa León hizo mucho más que lo que pudo para organizar este homenaje. Se transformó en dos, cinco, siete personas. Alzó la voz, visitó una y otra dependencia, buscó ayuda, sensibilizó. Y consiguió, entre otros milagros, reunir a los hijos y nietos de exiliados que viven en México o en España y quienes a partir de mañana debatirán sobre las huellas de España en México, sobre el Presidente Cárdenas político y sobre el personaje; sobre los aportes que el exilio español hizo a México y en torno a la vida cotidiana.
También habrá un paseo por el Parque Norte de Madrid donde se encuentra desde hace varios años, un monumento al Presidente Lázaro Cárdenas. La Asociación de Descendientes del Exilio Español ha decidido colocarle una placa. Los acompañará la familia Cárdenas en pleno. Doña Amalia Solórzano con sus hijos y nietos. Y todas las tardes, un ciclo de cine sobre el exilio español en México que incluye, por supuesto, a Los Olvidados de Buñuel.
Joan Manuel Serrat enfrenta desde hace varios meses, una guerra frontal contra el cáncer. Y ya ha ganado varias batallas. Su alma generosa, su forma de arropar la nostalgia con su canto, han sido algunas de sus armas. Este próximo viernes las llevará consigo al concierto que en la Casa de Campo de Madrid reventará las venas al olvido.
Con Serrat estarán también Ana Belén, Lila Downs, Miguel Ríos, Sabina, Los Jaguares, José Sacristán, Charo López, Nuria Espert, y el grupo Maestros del Folklore Michoacano.
Vamos a recordar lo que fuimos, me dice Rosa León cuando termina el acto de presentación del homenaje. No es un acto de venganza, es un acto de memoria. —Y de amor—, se une a la plática Sabina, a punto de volver a soltar lágrimas como melones.